Como hace 30 años, volví a despertarme antes que el sol. No para correr, sino para recorrer con la memoria aquellos kilómetros que dieron origen a la primera Maratón Olímpica Jardín de la República. Todo comenzó con una ilusión compartida por un pequeño grupo de corredores que soñábamos con que Tucumán tuviera su propia maratón. En la casa paterna del doctor Juan Vallejo presentamos la idea a las autoridades del atletismo tucumano. Nos convocaba la distancia sagrada: esos 42 kilómetros y 195 metros donde el cuerpo se agota, el espíritu se revela y nadie regresa siendo el mismo. El Parque Centenario 9 de Julio fue el escenario elegido. El ingeniero Ricardo Cerviak certificó el circuito y comenzaron las tareas silenciosas: medir, marcar y preparar una carrera que ya existía mucho antes de la largada, porque corría dentro de nosotros. El 23 de junio de 1996, aquel sueño se hizo realidad. Aún resuenan en mis oídos las palabras pronunciadas por Guillermo Rubino, presidente de la Federación Tucumana de Atletismo, instantes antes de la partida: “Señores, la prueba es suya”. La historia conserva los nombres de los vencedores: Roberto “Pato” Aguirre y Elena Hinojosa. Sin embargo, aquel día el verdadero triunfo fue colectivo. Ganó la perseverancia, la convicción y la certeza de que los sueños pueden alcanzar la meta. Treinta años después, aquella maratón permanece viva en la memoria y en la historia del atletismo tucumano. Su legado trasciende el tiempo y continúa inspirando nuevas generaciones de corredores. A la memoria de Miguel Ángel Guerra, Miguel Leguizamón y José Corbalán, impulsores y protagonistas de una gesta que se transformó en tradición y dejó una huella imborrable en el deporte tucumano.
Julio Rodolfo Molina
Esteban Echeverria 442 - S. M. de Tucumán